ISLA
Nada más salir de casa noté como se me arrugaban los dedos de los pies. Siempre me ocurría lo mismo antes de bajar la rampa que se encontraba al final de la calle. Sin embargo, al intentar subirla siempre resbalaba, parecía que estaba embadurnada de semen de serpiente o de cacas de cigüeña.Cuando llegué al otro lado de la rampa y antes de desembocar en el río de cuatro orillas miré con decisión las dos orillas más agresivas. Son las que, y porque me parecieron las menos ofensivas, elegí. De esas dos menos agresivas, en la de la derecha el suelo era duro como un cementerio de escorpiones. Decidí perderme por el lado izquierdo, entre un laberinto de barro reseco y duro como el pellejo de la mierda.Torcí como pude el cuello a la izquierda y miré el primer puentecillo, el de los tablones carcomidos por crustáceos de río. Giraré a la izquierda todo el tiempo, pensé mientras subía pisoteando charcos de saliva y sudor. A mitad del puentecillo miré el agua. Peces boca arriba y patos pequeños y peludos parecían reirse de mi estampa. Por entre algunos agujeros de los tablones del suelo cabía el puño de un adulto. Termino el puentecillo de tablones gastados y un nuevo dilema. A la derecha sigo la corriente-. El gentío. A la izquierda en seguida debo torcer. Y el olor a sudor y a una fábrica de quesos.Y a peces desparramados entre los matojos de la orilla. Hay dos ríos paralelos. Ahora tengo el pequeño a mi derecha. El grande a lo lejos a la izquierda y por detrás. Amenazante. Avanzo sorteando charcos. La famos ruta del colesterol. Pienso en ataques al corazón. Gases descontrolados por todos los huecos del cuerpo. Camino. La gente camina. Pensamos en el miedo. En un día más vivo porque caminamos. Adelanté a un padre y a una hija de mirada beata y esquizofrénica. Mis zapatilals nike ultracaras se llenan de arenilla artificial. El camino es plano. Me acerco al punto de los patos. Por encima, el puente nuevo, lúgubre e imponente, con tuberías y nidos de murciélagos colgando. Inmenso como un btiscafo en una loma de alquitrán. Cruzo el puente de los patos. Miro abajo. Aquí se unen los dos ríos. Y se vuelven a separar formando una isla en forma de ocho. Continúo caminando es a lo que hemos venido. Entre los ríos, ahora me encuentro con cuatro opciones, cinco tal vez. Pero continúo en línea recta. Adelanto a un par de viejos con sus chandals de mercadillo, regalo de reyes. Lo extraño es que nadie venga contra mi. Corriendo, andando. En bicicleta. Ningún piragúista. Ni perros, solo patos sobrealimentados. Y culebras como marcas de rueda de bicicleta en mitad del camino. Cuando estoy llegando al puente de hierro, el de los railes colgantes, me doy cuenta que no se si pasé por debajo del puente anterior, el de piedra romana. Continúo caminando. Agacho la cabeza y apreito los hombros al adelantar a una pareja de marujas en bata y zapatillas de estar por casa. No me duelen las piernas aún. Miro el suelo. He aumentado el ritmo. Adelanto a alguien a la altura de la fuente de los mil caños. Tiene un caño. Roto. Sale un hilillo de agua verde. Dos pinos enanos dan sombra al grifo. Vuelvo a adelantar. Coninúo mirando al suelo. Lo mismo adelanto al humillado caminante. Llego al final del camino. Dudo. Me resulta raro no haber encontrado a nadie de frente. El camino acaba, tengo que dar la vuelta. ¿Nadie da la vuelta. Imposible. Allí los ríos se vuelven a unir cerrando el ocho.
El camino del centro lo divide como un puñal. Es por donde caminamos. AL llegar al borde, un abismo de piedras artificiales bordea la isla. El camino es llano todo el tiempo. Cuando estoy pensando en darme la vuelta, tal vez por mi derecha, tal vez por mi izquierda, noto que mis piernas no paran de agitarse. Decido torcer a mi izquierda. Dar la vuelta de una vez. Regresar a casa, lustrar las nike, limpiarlas de arena. Ducharme. Pero no se que pasa. De pronto siento que todo me da igual. Escucho al fondo, olas como en una rompiente de cristal. No hay viento. Y los ríos mansos como un muestrario de cocodrilos disecados. Sigo andando aunque quiero parar. Creo que fue cuando aumenté el ritmo de mis pasos y bajé la cabeza cuando decidí algo que no entiendo. La rompiente me llama. Se va haciendo de noche poco a poco. Estoy cerca del final de la isla. En esta lado siempre preferí ir más rapído para así dar la vuenta antes. Pero ahora no se que hacer. No hay gente caminando. No hay nada. Escucho gaviotas. Uno remos. El viento se levanta de pronto con estertores humanos. Los cipreses se agitan. ¿Qué miran estos cipreses? El viento grita. Quiere jugar conmigo: un abismo me corroe el cráneo. EL frío me engulle. El barro me pesa en el pantalón del chandal. El aire huele a ozono y a escorbuto. Las zapatillas caras se hunden paso a paso. La maleza parece un ataud gigantesco. Las piedras me acogetn con brazos de marmol negro. El agua me acaricia suave: cariño, cariño. Continúo caminando. Oigo patos. Cientos de patos. Mueven las alas todos a la vez en forma de uve doble. Son patos obscenos que me llaman por mi nombre. Me llevan al abismo mientras piden comida. Me tapo los oídos pero no dejo de escuchar sus gritos y gemidos. Tienen hambre. Sanguinarios y espectantes.
Yo camino.
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