Abelardo entró por una verja lateral de la fábrica, saludó al vigilante que vivía allí dentro desde tiempos inmemoriales, torció la primera esquina a la izquierda y se detuvo a descansar.
Siempre el mismo pequeño repecho, pensó, siempre los mismos baches, las mismas descosidas aceras, la cuesta como una rampa de lanzamiento de naves espaciales rusas en los años cincuenta, podrida cuesta:
-Me estoy haciendo viejo, estoy más quemado y con más costras que el palo de un gallinero, yo me largo, murmuró entre dientes y, se fue.
A unos metros de la entrada se encontraba bajo el reloj de fichar. Sacó del bolsillo trasero de su mono color cascarón de huevo la tarjeta con su nombre y puesto de trabajo, al introdujo por una ranura de la parte superior del reloj y después de escuchar el siempre incierto y metálico “clac-clac” de todos los días al entrar o salir de la fábrica durante veinte años, mañana, tarde o noche, decidió largarse de allí.
No volvería más a sudar clara de huevo, esos goterones de grasa y agua que exudaba mañana, tarde y noche y que hacían casi ni rozar siquiera a un ritmo de tres por segundo los huevos de granja, con la inscripción cons.prefl.
Salió de la fábrica medio esclafado atravesando la verja como una sombra, el vigilante cocinaba en su garita y Abelardo entre el ruido del chisporroteo de huevos cocidos en aceite de colza y los sonidos de “ Las Mañanas de la Ser” saludó sin ser visto.
-Maldita inercia, masculló Abelardo.
Abelardo continuó su huida, rascándose la cabeza ovoide casi calva, recordando la gracia que le hacía cuando le soltaban:
-Lardo, que pronto no vas a saber cuándo tienes que terminar de lavarte la cara, Lardo, Aberlardo….
Y Abelardo como pisando huevos, enfiló los baches y hoyos que conformaban la carretera que asfaltarían, se escuchaba, unos meses antes de las próximas elecciones municipales.
A un par de kilómetros de la fábrica se encontraban los bloques de los empleados más veteranos que vivían a la sombra de los ponederos de huevos.
“Yo, con veinte años en el oficio tengo precisión para todo, incluso para vivir al lado de la última parada del autobús urbano” pensaba Abelardo repeinándose con la palma de las manos las pocas greñas que no se le caían de puro equilibrio.
Abelardo vivía en un bloque de pisos extraños, como si fueran un cúmulo de casuchas amontonadas, colgadas y sosteniéndose unas a otras.
Abelardo entregó el billete de bono bus al conductor que ya iniciaba la ruta y que frenó apenas a unos metros de la parada para repescarlo, se sentó al fondo del solitario vehículo con la mirada fija y la barbilla insolente un poco levantada y como inerte. Al rato, después de u nos minutos casi inexistentes, como si la tierra hubiera frenado su rotar, Abelardo, con las manos en los bolsillos y los ojos con pestañas de siete quilos, bajó en las misma parada de los últimos veinte años.
Detrás de ese descascarillado y casi despoblado bloque de pisos el único movimiento era el del fregoteo de los empleados municipales que con furia remojaban las aceras y llenaban bolsas negras con una mezcla informe de aserrín, plumas blancuzcas, ramitas y cáscaras de cal y yeso.
Abelardo comenzó a subir las escaleras resbalándose, le diría a la vecina que se encargaba de la limpieza del bloque que dejara de utilizar ese friega suelos transparente mezcla de líquido amniótico y mocos, y ya que estaba, también le rediría al que comprara un ambientador nuevo, cuánto más se acercaba al primer piso le pareció como si las paredes exudaran cierto olor como a tortilla francesa, eso sería cosa de los del primero, se dijo. Conforme subía su olfato distinguía algo tan familiar como unos huevos revueltos recién hechos, esos son los viejos del segundo fijo, y a huevos pasados por agua, de la solterona del tercero, a huevos fritos de la madre con cuatro hijos del quinto, a huevos a la plancha de algún vecino del sexto. Al llegar a la puerta de su piso, le pareció que la pintura de las paredes era con una mezcla de huevos morenos y yemas de óvulos con limón. Penetró en su piso, un sexto sin ascensor, abrió la ovalada puerta de entrada de sus cuarenta metros libres, salón con al fondo tres escalones en forma de gallinero, un sofá y dos televisores y antes de sentarse en la mecedora de tafetán y plumas amarillentas que ocupaba el centro geométrico y que tenía forrada con unos plásticos en los que se leía cons.prefl le pareció ver en el espejo de la entrada que el código de barras que se tatuó en la nuca, aquella locura de juventud se había convertido en una seriación de números y una fecha de caducidad, ya le echaría un vistazo más tarde. De pronto sintió un calor pegajoso como de moscas sesteando confiadas en las estanterías de un corral y le pareció que sonaba, sería cualquier programa de la radio de algún vecino pensó, una especie de tumulto de gruñidos , quejidos y movimientos acuosos.
Se trataba de una monstruosa membrana, una mucosidad uterina.
Publicado por Guillermo Jiménez.
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